POETIKA1 número 2

miércoles, 24 de enero de 2018

Confieso que he vivido, las memorias de Pablo Neruda

La muy interesante y atendible web Zenda publicó un adelanto de la edición ampliada y definitiva de Confieso que he vivido (Seix Barral), las memorias de Pablo Neruda, donde el premio Nobel chileno narra los principales episodios de su vida y las circunstancias que rodearon la creación de sus poemas y libros más famosos.

1 El joven provinciano

El bosque chileno

… Bajo los volcanes, junto a los ventisqueros, entre los grandes lagos, el fragante, el silencioso, el enmarañado bosque chileno… Se hunden los pies en el follaje muerto, crepita una rama quebradiza, los gigantescos raulíes levantan su encrespada estatura, un pájaro de la selva fría cruza, aletea, se detiene entre los sombríos ramajes. Y luego desde su escondite suena como un oboe… Me entra por las narices hasta el alma el aroma salvaje del laurel, el aroma oscuro del boldo… El ciprés de las Guaitecas intercepta mi paso… Es un mundo vertical: una nación de pájaros, una muchedumbre de hojas… Tropiezo en una piedra, escarbo la cavidad descubierta, una inmensa araña de cabellera roja me mira con ojos fijos, inmóvil, grande como un cangrejo… Un cárabo dorado me lanza su emanación mefítica, mientras desaparece como un relámpago su radiante arcoíris… Al pasar, cruzo un bosque de helechos mucho más alto que mi persona: se me dejan caer en la cara sesenta lágrimas desde sus verdes ojos fríos, y detrás de mí quedan por mucho tiempo temblando sus abanicos… Un tronco podrido: qué tesoro!… Hongos negros y azules le han dado orejas, rojas plantas parásitas lo han colmado de rubíes, otras plantas perezosas le han prestado sus barbas y brota, veloz, una culebra desde sus entrañas podridas, como una emanación, como que al tronco muerto se le escapara el alma… Más lejos cada árbol se separó de sus semejantes… Se yerguen sobre la alfombra de la selva secreta, y cada uno de los follajes, lineal, encrespado, ramoso, lanceolado, tiene un estilo diferente, como cortado por una tijera de movimientos infinitos… Una barranca; abajo el agua transparente se desliza sobre el granito y el jaspe… Vuela una mariposa pura como un limón, danzando entre el agua y la luz… A mi lado me saludan con sus cabecitas amarillas las infinitas calceolarias… En la altura, como gotas arteriales de la selva mágica se cimbran los copihues rojos (Lapageria rosea)… El copihue rojo es la flor de la sangre, el copihue blanco es la flor de la nieve… En un temblor de hojas atravesó el silencio la velocidad de un zorro, pero el silencio es la ley de estos follajes… Apenas el grito lejano de un animal confuso… La intersección penetrante de un pájaro escondido… El universo vegetal susurra apenas hasta que una tempestad ponga en acción toda la música terrestre.

Quien no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta. De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio, he salido yo a andar, a cantar por el mundo.



Infancia y poesía

Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia. La gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia.

Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno.

Esta lluvia fría del sur de América no tiene las rachas impulsivas de la lluvia caliente que cae como un látigo y pasa dejando el cielo azul. Por el contrario, la lluvia austral tiene paciencia y continúa, sin término, cayendo desde el cielo gris.

Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado en medio de la calle. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro.

Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras. Luego venían las inundaciones, que se llevaban las poblaciones donde vivía la gente más pobre, junto al río. También la tierra se sacudía, temblorosa. Otras veces, en la cordillera asomaba un penacho de luz terrible: el volcán Llaima despertaba.

Temuco es una ciudad pionera, de esas ciudades sin pasado, pero con ferreterías. Como los indios no saben leer, las ferreterías ostentan sus notables emblemas en las calles: un inmenso serrucho, una olla gigantesca, un candado ciclópeo, una cuchara antártica.

Si Temuco era la avanzada de la vida chilena en los territorios del sur de Chile, esto significaba una larga historia de sangre.

Al empuje de los conquistadores españoles, después de trescientos años de lucha, los araucanos se replegaron hacia aquellas regiones frías. Pero los chilenos continuaron lo que se llamó «la pacificación de la Araucanía», es decir, la continuación de una guerra a sangre y fuego, para desposeer a nuestros compatriotas de sus tierras. Contra los indios todas las armas se usaron con generosidad: el disparo de carabina, el incendio de sus chozas, y luego, en forma más paternal, se empleó la ley y el alcohol. El abogado se hizo también especialista en el despojo de sus campos, el juez los condenó cuando protestaron, el sacerdote los amenazó con el fuego eterno. Y, por fin, el aguardiente consumó el aniquilamiento de una raza soberbia cuyas proezas, valentía y belleza, dejó grabadas en estrofas de hierro y de jaspe don Alonso de Ercilla en su Araucana.

Mis padres llegaron de Parral, donde yo nací. Allí, en el centro de Chile, crecen las viñas y abunda el vino. Sin que yo lo recuerde, sin saber que la miré con mis ojos, murió mi madre doña Rosa Basoalto. Yo nací el 12 de julio de 1904, y dos meses después, en septiembre, agotada por la tuberculosis, mi madre ya no existía.

La vida era dura para los pequeños agricultores del centro del país. Mi abuelo, don José Ángel Reyes, tenía poca tierra y muchos hijos. Los nombres de mis tíos me parecieron nombres de príncipes de reinos lejanos. Se llamaban Amós, Oseas, Joel, Abadías. Mi padre se llamaba simplemente José del Carmen. Salió muy joven de las tierras paternas y trabajó de obrero en los diques del puerto de Talcahuano, terminando como ferroviario en Temuco.

Era conductor de un tren lastrero. Pocos saben lo que es un tren lastrero. En la región austral, de grandes vendavales, las aguas se llevarían los rieles si no se les echara piedrecillas entre los durmientes. Hay que sacar en capachos el lastre de las canteras y volcar la piedra menuda en los carros planos. Hace cuarenta años la tripulación de un tren de esta clase tenía que ser formidable. Venían de los campos, de los suburbios, de las cárceles. Eran gigantescos y musculosos peones. Los salarios de la empresa eran miserables y no se pedían antecedentes a los que querían trabajar en los trenes lastreros. Mi padre era el conductor del tren. Se había acostumbrado a mandar y a obedecer. A veces me llevaba con él. Picábamos piedra en Boroa, corazón silvestre de la frontera, escenario de los terribles combates entre españoles y araucanos.

La naturaleza allí me daba una especie de embriaguez. Me atraían los pájaros, los escarabajos, los huevos de perdiz. Era milagroso encontrarlos en las quebradas, empavonados, oscuros y relucientes, con un color parecido al del cañón de una escopeta. Me asombraba la perfección de los insectos. Recogía las «madres de la culebra». Con este nombre extravagante se designaba al mayor coleóptero, negro, bruñido y fuerte, el titán de los insectos de Chile. Estremece verlo de pronto en los troncos de los maquis y de los manzanos silvestres, de los coihues, pero yo sabía que era tan fuerte que podía pararme con mis pies sobre él y no se rompería. Con su gran dureza defensiva no necesitaba veneno.

Estas exploraciones mías llenaban de curiosidad a los trabajadores. Pronto comenzaron a interesarse en mis descubrimientos. Apenas se descuidaba mi padre se largaban por la selva virgen y con más destreza, más inteligencia y más fuerza que yo, encontraban para mí tesoros increíbles. Había uno que se llamaba Monge. Según mi padre, un peligroso cuchillero. Tenía dos grandes líneas en su cara morena. Una era la cicatriz vertical de un cuchillazo y la otra su sonrisa blanca, horizontal, llena de simpatía y de picardía. Este Monge me traía copihues blancos, arañas peludas, crías de torcazas, y una vez descubrió para mí lo más deslumbrante, el coleóptero del coihue y de la luma. No sé si ustedes lo han visto alguna vez. Yo solo lo vi en aquella ocasión. Era un relámpago vestido de arcoíris. El rojo y el violeta y el verde y el amarillo deslumbraban en su caparazón. Como un relámpago se me escapó de las manos y se volvió a la selva. Ya no estaba Monge para que me lo cazara. Nunca me he recobrado de aquella aparición deslumbrante. Tampoco he olvidado a aquel amigo. Mi padre me contó su muerte. Cayó del tren y rodó por un precipicio. Se detuvo el convoy, pero, me decía mi padre, ya solo era un saco de huesos.

Es difícil dar una idea de una casa como la mía, casa típica de la frontera, hace sesenta años.

En primer lugar, los domicilios familiares se intercomunicaban. Por el fondo de los patios, los Reyes y los Ortegas, los Candia y los Mason se intercambiaban herramientas o libros, tortas de cumpleaños, ungüentos para fricciones, paraguas, mesas y sillas.

Estas casas pioneras cubrían todas las actividades de un pueblo.

Don Carlos Mason, norteamericano de blanca melena, parecido a Emerson, era el patriarca de esta familia. Sus hijos Mason eran profundamente criollos. Don Carlos Mason tenía código y biblia. No era un imperialista, sino un fundador original. En esta familia, sin que nadie tuviera dinero, crecían imprentas, hoteles, carnicerías. Algunos hijos eran directores de periódicos y otros eran obreros en la misma imprenta. Todo pasaba con el tiempo y todo el mundo quedaba tan pobre como antes. Solo los alemanes mantenían esa irreductible conservación de sus bienes, que los caracterizaba en la frontera.

Las casas nuestras tenían, pues, algo de campamento. O de empresas descubridoras. Al entrar se veían barricas, aperos, monturas, y objetos indescriptibles.

Quedaban siempre habitaciones sin terminar, escaleras inconclusas. Se hablaba toda la vida de continuar la construcción. Los padres comenzaban a pensar en la universidad para sus hijos.

En la casa de don Carlos Mason se celebraban los grandes festejos.

En toda comida de onomástico había pavos con apio, corderos asados al palo y leche nevada de postre. Hace ya muchos años que no pruebo la leche nevada. El patriarca de pelo blanco se sentaba en la cabecera de la mesa interminable, con su esposa, doña Micaela Candia. Detrás de él había una inmensa bandera chilena, a la que se le había adherido con un alfiler una minúscula banderita norteamericana. Esa era también la proporción de la sangre. Prevalecía la estrella solitaria de Chile.

En esta casa de los Mason había también un salón al que no nos dejaban entrar a los chicos. Nunca supe el verdadero color de los muebles porque estuvieron cubiertos con fundas blancas hasta que se los llevó un incendio. Había allí un álbum con fotografías de la familia. Estas fotos eran más finas y delicadas que las terribles ampliaciones iluminadas que invadieron después la frontera.

Allí había un retrato de mi madre. Era una señora vestida de negro, delgada y pensativa. Me han dicho que escribía versos, pero nunca los vi, sino aquel hermoso retrato.

Mi padre se había casado en segundas nupcias con doña Trinidad Candia Marverde, mi madrastra. Me parece increíble tener que dar este nombre al ángel tutelar de mi infancia. Era diligente y dulce, tenía sentido del humor campesino, una bondad activa e infatigable.

Apenas llegaba mi padre, ella se transformaba solo en una sombra suave como todas las mujeres de entonces y de allá.

En aquel salón vi bailar mazurcas y cuadrillas. Había en mi casa también un baúl con objetos fascinantes. En el fondo relucía un maravilloso loro de calendario. Un día que mi madre revolvía aquella arca sagrada yo me caí de cabeza adentro para alcanzar el loro. Pero cuando fui creciendo la abría secretamente.

Había unos abanicos preciosos e impalpables.

Conservo otro recuerdo de aquel baúl. La primera novela de amor que me apasionó. Eran centenares de tarjetas postales, enviadas por alguien que las firmaba no sé si Enrique o Alberto y todas dirigidas a María Thielman. Estas tarjetas eran maravillosas. Eran retratos de las grandes actrices de la época con vidriecitos engastados y a veces cabellera pegada. También había castillos, ciudades y paisajes lejanos. Durante años solo me complací en las figuras. Pero, a medida que fui creciendo, fui leyendo aquellos mensajes de amor escritos con una perfecta caligrafía. Siempre me imaginé que el galán aquel era un hombre de sombrero hongo, de bastón y brillante en la corbata. Pero aquellas líneas eran de arrebatadora pasión. Estaban enviadas desde todos los puntos del globo por el viajero. Estaban llenas de frases deslumbrantes, de audacia enamorada. Comencé yo a enamorarme también de María Thielman. A ella me la imaginaba como una desdeñosa actriz, coronada de perlas. Pero, cómo habían llegado al baúl de mi madre esas cartas? Nunca pude saberlo.

A la ciudad de Temuco llegó el año 1910. En este año memorable entré al liceo, un vasto caserón con salas destartaladas y subterráneos sombríos. Desde la altura del liceo, en primavera, se divisaba el ondulante y delicioso río Cautín, con sus márgenes pobladas por manzanos silvestres. Nos escapábamos de las clases para meter los pies en el agua fría que corría sobre las piedras blancas.

Pero el liceo era un terreno de inmensas perspectivas para mis seis años de edad. Todo tenía posibilidad de misterio. El laboratorio de Física, al que no me dejaban entrar, lleno de instrumentos deslumbrantes, de retortas y cubetas. La biblioteca, eternamente cerrada. Los hijos de los pioneros no gustaban de la sabiduría. Sin embargo, el sitio de mayor fascinación era el subterráneo. Había allí un silencio y una oscuridad muy grandes. Alumbrándonos con velas jugábamos a la guerra. Los vencedores amarraban a los prisioneros a las viejas columnas. Todavía conservo en la memoria el olor a humedad, a sitio escondido, a tumba, que emanaba del subterráneo del liceo de Temuco.

Fui creciendo. Me comenzaron a interesar los libros. En las hazañas de Buffalo Bill, en los viajes de Salgari, se fue extendiendo mi espíritu por las regiones del sueño. Los primeros amores, los purísimos, se desarrollaban en cartas enviadas a Blanca Wilson. Esta muchacha era la hija del herrero y uno de los muchachos, perdido de amor por ella, me pidió que le escribiera sus cartas de amor. No recuerdo cómo serían estas cartas, pero tal vez fueron mis primeras obras literarias, pues, cierta vez, al encontrarme con la colegiala, esta me preguntó si yo era el autor de las cartas que le llevaba su enamorado. No me atreví a renegar de mis obras y muy turbado le respondí que sí. Entonces me pasó un membrillo que por supuesto no quise comer y guardé como un tesoro. Desplazado así mi compañero en el corazón de la muchacha, continué escribiéndole a ella interminables cartas de amor y recibiendo membrillos.

Los muchachos en el liceo no conocían ni respetaban mi condición de poeta. La frontera tenía ese sello maravilloso de Far West sin prejuicios. Mis compañeros se llamaban Schnakes, Schlers, Hausers, Smiths, Taitos, Seranis. Éramos iguales entre los Aracenas y los Ramírez y los Reyes. No había apellidos vascos. Había sefarditas: Albalas, Francos. Había irlandeses: Mc Gyntis. Polacos: Yanichewkys. Brillaban con luz oscura los apellidos araucanos, olorosos a madera y agua: Melivilus, Catrileos.

Combatíamos, a veces, en el gran galpón cerrado, con bellotas de encina. Nadie que no lo haya recibido sabe lo que duele un bellotazo. Antes de llegar al liceo nos llenábamos los bolsillos de armamentos. Yo tenía escasa capacidad, ninguna fuerza y poca astucia. Siempre llevaba la peor parte. Mientras me entretenía observando la maravillosa bellota, verde y pulida, con su caperuza rugosa y gris, mientras trataba torpemente de fabricarme con ella una de esas pipas que luego me arrebataban, ya me había caído un diluvio de bellotazos en la cabeza. Cuando estaba en el segundo año se me ocurrió llevar un sombrero impermeable de color verde vivo. Este sombrero pertenecía a mi padre; como su manta de castilla, sus faroles de señales verdes y rojas que estaban cargados de fascinación para mí y apenas podía los llevaba al colegio para pavonearme con ellos… Esta vez llovía implacablemente y nada más formidable que el sombrero de hule verde que parecía un loro. Apenas llegué al galpón en que corrían como locos trescientos forajidos, mi sombrero voló como un loro. Yo lo perseguía y cuando lo iba a cazar volaba de nuevo entre los aullidos más ensordecedores que escuché jamás. Nunca lo volví a ver.

En estos recuerdos no veo bien la precisión periódica del tiempo. Se me confunden hechos minúsculos que tuvieron importancia para mí y me parece que debe ser esta mi primera aventura erótica, extrañamente mezclada a la historia natural. Tal vez el amor y la naturaleza fueron desde muy temprano los yacimientos de mi poesía.

Frente a mi casa vivían dos muchachas que de continuo me lanzaban miradas que me ruborizaban. Lo que yo tenía de tímido y de silencioso lo tenían ellas de precoces y diabólicas. Esa vez, parado en la puerta de mi casa, trataba de no mirarlas. Tenían en sus manos algo que me fascinaba. Me acerqué con cautela y me mostraron un nido de pájaro silvestre, tejido con musgo y plumillas, que guardaba en su interior unos maravillosos huevecillos de color turquesa. Cuando fui a tomarlo una de ellas me dijo que primero debían hurgar en mis ropas. Temblé de terror y me escabullí rápidamente, perseguido por las jóvenes ninfas que enarbolaban el incitante tesoro. En la persecución entré por un callejón hacia el local deshabitado de una panadería de propiedad de mi padre. Las asaltantes lograron alcanzarme y comenzaban a despojarme de mis pantalones cuando por el corredor se oyeron los pasos de mi padre. Allí terminó el nido. Los maravillosos huevecillos quedaron rotos en la panadería abandonada, mientras, debajo del mostrador, asaltado y asaltantes conteníamos la respiración.

Recuerdo también que una vez, buscando los pequeños objetos y los minúsculos seres de mi mundo en el fondo de mi casa, encontré un agujero en una tabla del cercado. Miré a través del hueco y vi un terreno igual al de mi casa, baldío y silvestre. Me retiré unos pasos porque vagamente supe que iba a pasar algo. De pronto apareció una mano. Era la mano pequeñita de un niño de mi edad. Cuando me acerqué ya no estaba la mano y en su lugar había una diminuta oveja blanca.

Era una oveja de lana desteñida. Las ruedas con que se deslizaba se habían escapado. Nunca había visto yo una oveja tan linda. Fui a mi casa y volví con un regalo que dejé en el mismo sitio: una piña de pino, entreabierta, olorosa y balsámica que yo adoraba.

Nunca más vi la mano del niño. Nunca más he vuelto a ver una ovejita como aquella. La perdí en un incendio. Y aún ahora, en estos años, cuando paso por una juguetería, miro furtivamente las vitrinas. Pero es inútil. Nunca más se hizo una oveja como aquella.


Sinopsis de Confieso que he vivido, de Pablo Neruda

Neruda fue un testigo privilegiado de la historia del siglo XX y un poeta de muchas vidas, que se pasea por la amplitud del mundo, que transita entre la muchedumbre y la intimidad y que explora la naturaleza y el amor. Confieso que he vivido, su proyecto autobiográfico más ambicioso, recoge su rica experiencia vital. Con la potencia verbal que caracteriza sus mejores escritos, en estas memorias Neruda narra los principales episodios de su vida y las circunstancias que rodearon la creación de sus poemas y libros más famosos. De forma no menos brillante, rememora las figuras de algunos amigos: Alberti, Miguel Hernández, Éluard, Aragon y su relación con personajes destacados de la política contemporánea.

martes, 23 de enero de 2018

VIVIR EN UN DÍA FELIZ. RECUERDO POR NICANOR PARRA, por Adán Echeverría

No hay que estar cabizbajos, no hay que ceder a la nostalgia, 103 años son suficientes para llenar la vida de nuestra presencia; la inmortalidad es aquello que obtiene la palabra cuando planea de cuerpo en cuerpo, de mente en mente, en toda lectura, en cada lectura que se le otorga a la obra de un poeta, de El Poeta. Nicanor Parra nos ha dejado. Hoy 23 de enero de 2018 amanece México con la noticia, mis redes sociales se colapsan (será que tengo suficientes escritores en ellas para que todos vivan con tristeza la partida de este gran bastión literario), Nicanor Parra (1914-2018). Chile está de luto. Queda para la anécdota que el poeta muere unos días después de que terminara la visita del Papa Católico Argentino, en su gira que comenzara en Chile y terminara en Perú, y que las acusaciones de protección a pederastas quedarán ahí, empantanadas en el anecdotario: Nicanor Parra ya no pudo soportar esta vida, este espanto de vida donde sacerdotes son capaces de abusar de aquellos infantes que deben conducir hacia una mejor vida, hacia mejores oportunidades. Nicanor Parra que sobreviviera la dictadura de Pinochet, tanto como a la partida de grandes joyas literarias chilenas, entre las cuales se observaban precisamente la de aquellos poetas contra los cuales desarrollara su teoría del antipoema.

¿Cuánta literatura habita la Cordillera Chilena? Los escritores chilenos son una más que joya literaria un propio paraíso perdido al que necesariamente todo lector de poemas, todo escritor en ciernes debe alguna vez llegar. Uno tiene que detenerse a leer con mucha calma los trabajos de autores como Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Gonzalo Rojas, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Enrique Lihn, Miguel Arteche, y al gran Nicanor Parra, por decir apenas algunos nombres sobre los cuales se pueden asentar las bases de la Poesía hecha en América del Sur.

De Nicanor Parra, el gran creador de los antipoemas, nos queda toda su obra, entre la que bueno sería destacar sus “Artefactos”. Pero nos quedan igual sus poemas, sus letras, y la expansión del pensamiento que lo hará inmortal, desde la lectura que cada persona haga de sus letras, de su obra. Yo quiero compartirles el gran poema que es: “HAY UN DÍA FELIZ”, que he decidido copiar acá a renglón seguido, marcando el corte de los versos con diagonales, por cuestiones de espacio, pero sin perder la musicalidad del texto:

“A recorrer me dediqué esta tarde / las solitarias calles de mi aldea / acompañado por el buen crepúsculo / que es el único amigo que me queda. // Todo está como entonces, el otoño / y su difusa lámpara de niebla, / sólo que el tiempo lo ha invadido todo / con su pálido manto de tristeza. // Nunca pensé, creédmelo, un instante / volver a ver esta querida tierra, / pero ahora que he vuelto no comprendo / cómo pude alejarme de su puerta. 

Nada ha cambiado, ni sus casas blancas / ni sus viejos portones de madera. / Todo está en su lugar; las golondrinas / en la torre más alta de la iglesia; / el caracol en el jardín, y el musgo / en las húmedas manos de las piedras. / No se puede dudar, éste es el reino / del cielo azul y de las hojas secas / en donde todo y cada cosa tiene / su singular y plácida leyenda: //

Hasta en la propia sombra reconozco / la mirada celeste de mi abuela. / Estos fueron los hechos memorables / que presenció mi juventud primera, / el correo en la esquina de la plaza / y la humedad en las murallas viejas. // ¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe / uno apreciar la dicha verdadera, / cuando la imaginamos más lejana / es justamente cuando está más cerca. // Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice / que la vida no es más que una quimera; / una ilusión, un sueño sin orillas, / una pequeña nube pasajera. / Vamos por partes, no sé bien qué digo, / la emoción se me sube a la cabeza.

Como ya era la hora del silencio / cuando emprendí mí singular empresa, / una tras otra, en oleaje mudo, / al establo volvían las ovejas. / Las saludé personalmente a todas / y cuando estuve frente a la arboleda / que alimenta el oído del viajero / con su inefable música secreta / recordé el mar y enumeré las hojas / en homenaje a mis hermanas muertas.

Perfectamente bien. Seguí mi viaje / como quien de la vida nada espera. / Pasé frente a la rueda del molino, / me detuve delante de una tienda: / El olor del café siempre es el mismo, / siempre la misma luna en mi cabeza; / entre el río de entonces y el de ahora / no distingo ninguna diferencia.

Lo reconozco bien, éste es el árbol / que mi padre plantó frente a la puerta / (ilustre padre que en sus buenos tiempos / fuera mejor que una ventana abierta). // Yo me atrevo a afirmar que su conducta / era un trasunto fiel de la Edad Media / cuando el perro dormía dulcemente / bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve / el delicado olor de las violetas / que mi amorosa madre cultivaba / para curar la tos y la tristeza. 

Cuánto tiempo ha pasado desde entonces / no podría decirlo con certeza; / todo está igual, seguramente, / el vino y el ruiseñor encima de la mesa, / mis hermanos menores a esta hora / deben venir de vuelta de la escuela: / ¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo / Como una blanca tempestad de arena!”

¡Por Dios!, qué texto tan hermoso del maestro Nicanor Parra, no puedo leerlo sin quebrarme por completo ante la nostalgia con el poeta canta y que se cuelga del recuerdo de familia. Nosotros, como migrantes, que hemos tenido que salir del hogar, dejar la patria, salir a trabajar a otra ciudad, alejarnos del núcleo de la familia, del núcleo que es aquello que tanto atesoramos y que nos ha brindado educación, memorias positivas durante el crecimiento, aprendizaje olfativo, visual, musical, táctil, sensorial, al fin y al cabo somos nuestros cinco sentidos para percibir aquello que nos rodea y nos ha rodeado en el paso de los años.

Todo está ahí en el texto. Volver los pasos, luego de años de ausencia y mirar que “Todo está en su lugar, ¡sólo que el tiempo (el implacable) lo ha borrado todo… como una blanca tempestad de arena”, y solo queda la memoria, la memoria que son los nuestros (nuestros vivos y nuestros muertos), la memoria para guardar la infancia, los regaños, las correrías, las cenas en familia, la campana de la escuela, los cencerros de la vacas, aquellas nuestras ovejas, las travesuras y juegos, el ladrido de aquellos nuestros perros, qué ha sido de cada uno de esos momentos por los que hemos transcurrido, ahora que volvemos ahí están colgados del paisaje. Todo sigue intacto en nuestros recuerdos, y así, es con esos nuestros recuerdos con los que acompañamos al poeta Nicanor Parra en su partida de este plano astral; deseosos desde ya, de saber que ahora el poeta podrá reencontrarse con esos recuerdos que nos ha dejado en su poema, ahí, a donde quiera que fluya su memoria vital, cerca de los suyos, que ha amado y lo han amado, a reintegrarse a esa substancia que es el sueño de la memoria, aquellos nuestros propios paraísos, y recordar siempre los pequeños días felices en los que seguimos habitando.

lunes, 22 de enero de 2018

Una nueva edición de La tortuga ecuestre de César Moro acaba de aparecer en Costa Rica


NOTA SOBRE LA RECIENTE APARICIÓN DE LA TORTUGA ECUESTRE EN COSTA RICA 

                                 Ricardo Echávarri

César Moro, LA TORTUGA ECUESTRE, Prólogo de Omar Castillo, ilustración de Amirah Gazel y Alfonso Peña. Art Edition, San José Costa Rica, 2018. 


Gracias al cuidado de Omar Castillo, Amirah Gazel y Alfonso Peña acaba de aparecer, bajo el sello de Art Edition, en San José, Costa Rica (2018), la última reedición de La Tortuga Ecuestre, del poeta peruano surrealista César Moro. Esta cuidada edición contiene dos notas distintivas: una introducción de Omar Castillo y los admirables “collages” de Amirah Gazel y Alfonso Peña. 
     
Recién llegado a México, el poeta César Moro -el único latinoamericano que publicó en Le Surréalisme au service de la Révolution y fue partícipe activo del Círculo Surrealista de París-, quien escribía en francés, volvió a su lengua materna para escribir La Tortuga Ecuestre (1938-1939).  Bajo el influjo de dos pasiones, el surrealismo, al cual “abrazó como si hubiera sido un predestinado” y su amor por Antonio Acosta, un joven cadete originario de San Luis Potosí, César Moro escribe este poemario donde se alían la libertad amorosa con la más plena libertad poética.   
      
Inédito en vida del autor, se fue tejiendo una leyenda en torno a La Tortuga Ecuestre, de la cual se anunció en Letras de México, su aparición con un frontispicio de Manuel Álvarez Bravo, el célebre fotógrafo de rostros y paisajes aztecas. Como no se completó el escaso número de suscriptores, el libro anunciado jamás se publicó, ni se ha publicado, en México. 
        
Hubo que esperar casi veinte años para leer los trece poemas de La Tortuga Ecueste, en una modesta edición, preparada en 1957 (como homenaje póstumo al poeta recién fallecido) por André Coyné, en Lima y bajo el sello de la Imprenta D. Miranda. Desde entonces, el libro de César Moro, escrito en el lenguaje desbordado e imposible de la escritura automática, ha fascinado a sus lectores. 
          
La Tortuga Ecuestre fue un mentis rotundo a quienes pensaban que la escritura automática era algo propio del “genio de la lengua francesa”, pero prácticamente imposible trasladarla a la casi mística lengua española. La audacia del libro moreano lo lleva a tocar extremos del lenguaje, que sólo unos pocos poetas modernos han podido alcanzar. Quizás Lorca, en Poeta en Nueva York, Pablo Neruda en Tercera residencia en la tierra y César Vallejo en Trilce pueden parangonarse con La Tortuga Ecuestre en la audacia de llevar a los extremos el lenguaje poético en nuestro continente idiomático. Sólo que el libro de César Moro tiene la impronta de ser un surrealismo original y unir, en su imaginería, el simbolismo único de los sueños y la vida. 
           
La edición costarricense de La Tortuga Ecuestre culmina un conjunto de hermosas ediciones del libro de César Moro en Hispanoamérica, Después de la edición “príncipe” de André Coyné, en Lima, Julio Ortega lo edita en Caracas en 1976; Ricardo Silva-Santiesteban, lo incluye en Obra Poética (Lima, 1980) y de nuevo en Prestigio de amor (Lima, 2003); Omar Castillo ya lo había publicado en Medellín, en 1989; a Américo Ferrari le debemos una edición en Madrid, en 2003. En 2017 vuelve a aparecer en la esperada edición crítica que Coyné tenía preparada desde 2005, pero que debido a avatares editoriales, apareció apenas el año pasado en Lima (N.e.: Revuelta editores/Sur librería anticuaria en 2012 publicaron La tortuga ecuestre y dos poemas anexos).         




Los artistas Amirah Gazel y Alfonso Peña, encargados de ilustrar esta nueva edición de La Tortuga Ecuestre

La imaginación pornográfica de Kathy Acker


Spleen salvaje

… la mujer que vive su vida de acuerdo con ideales no materialistas es el monstruo rebelde y antisocial; cuanto más declaradamente lo hace, más la odia todo el mundo.
K.A

Solo por esta vez romperé la norma: meterme con una mujer de cuidado, a la que por nada del mundo le gustaría leerse aquí, tal y como pienso escribirla y no como a ella le hubiera gustado. Por esta, y solo por esta vez, me permitiré ir contra la que debiera ser la norma: fastidiar a Kathy Acker, decirle que no tiene parangón con ningún otro escritor o escritora del mundo, ni siquiera con Patti Smith, con quien a menudo se le compara (porque, por fuerza, debemos parecernos a alguien), aunque suele comparársela también con otra incomparable: Gertrude Stein. Pero Kathy no se parece a nada ni a nadie. Decirle: Kathy, me enterneces más que darme miedo. Escritora única, cleptómana del lenguaje que roba un poquito de allá, otro poquito de acá y elabora una obra personalísima con base en variopintos retazos. Hay que decirlo, sin embargo, que el plagio es apenas un rasgo de estilo, de carácter autoral. Reconoce, sin embargo, estar muy influida por William Burroghs. Se le inscribe también dentro de una curiosa corriente de la que, al parecer, es la única exponente: la post-noveau-roman. Considerada ícono del feminismo, Kathy declara -¿en broma?- haber escuchado hablar del feminismo mucho después de perder la virginidad.


Así, entonces, por esta vez no empezaré diciendo que Kathy Acker -grandes ojos rencorosos, corte de pelo militar-, se llamaba en realidad Karen Alexander –cosa que, presiento, consiguió olvidar, sobretodo porque desde siempre sus amigos se refirieron a ella como “Kathy”-, ni que nació en Nueva York el 18 de abril de 1947. El “Acker” lo tomó de un fugaz primer marido llamado Robert Acker. Menos, todavía, ahondaré, como suelo hacer, en su infancia, dolorosísima, que también consiguió olvidar. Pareciera mentira, pero la antisocial y antisemita Kathy nació en el seno de una rica familia judía. Su padre se suicidó siendo Kathy una niña. De la Kathy niña ha dicho: “Mis padres eran monstruos para mí. Eran horribles. Y yo fui una buena niña que tuvo coraje para oponerse a ellos. Solían decirme qué debía hacer y cómo, así que solo en mi habitación lograba sentirme libre: la escritura era lo único que me permitía hacer lo que quería sin que nadie me dijera cómo hacerlo.” Dejo para otra ocasión el dato de que Kathy terminó formando parte de una pandilla punk y montaba performances callejeros salpicados de sangre. Concentrémonos, por ahora, en su obra literaria, escuetamente traducida al español.

Don Quijote y Aborto en la escuela son sus únicas novelas disponibles en nuestro idioma (N.e. también Ediciones Escalera ha publicado El imperio de los sinsentidos), así como una serie de relatos dispersos en antologías. Con El Quijote, ha dicho que no existía una conciencia feminista en su escritura, aunque sí la intención de encontrar una voz como mujer. De interpretar la lectura original de Don Quijote como mujer: “(…) el asunto del plagio, para mí, tiene más que ver con la esquizofrenia y la identidad. La intención primera fue plagiar un texto que me resultó fascinante, pero poco a poco se impuso la necesidad de construir una identidad a partir del Quixote”, señala K.A en entrevista con Ellen G. Friedman.

Aborto en la escuela no podía haberse titulado de otro modo (N.e. Blood and Guts in High School es el título en inglés). Al menos, por lo que a mí respecta, se me dificulta hallarle un título alterno (se aceptan sugerencias). Empiezo por preguntarme (y Kathy me repudiaría por preguntarme algo semejante): ¿Por qué Kathy escribe estas cosas? Descarto, de antemano, la posibilidad de que buscara fama. Precisamente de esta imposibilidad se origina la duda: Kathy debe haber comprendido que era muy probable que ningún editor, americano al menos, se atrevería a publicarle sus textos, que van más allá de la transgresión per se. La escritura de Kathy Acker la expone como una artista de la destrucción, y eso incluye la propia. Su cuerpo fue un espacio más para una escritura/ instalación que admitía incluso la explotación del dolor físico como medio de expresión. ¿Escribía Kathy para que la amaran? Es probable. Aunque conoce el mundo lo bastante para incurrir en la ingenuidad de que se la amara por lo que escribe… aunque no falte quien lo haga. ¿Autora de culto? Lo que, presiento, perseguía Kathy, al menos al instante de escribir Aborto en la escuela, era la muerte. No cualquier muerte, por supuesto, sino una muerte vivida, descrita, que le permitiera ejecutar su, acaso, último performance del dolor. Y me refiero, concretamente, al dolor del cáncer que haría necesaria la extirpación de sus pechos. Dudo, sin embargo, que su heroína, Janey, tenga algo que ver con ella. Finjamos al menos, por respeto a Kathy, que creemos que no lo tiene. Después de todo, Kathy era una mujer madura al momento de escribir la aventura de Janey, no una niña de trece. No se nos ocurra, tampoco, suponer que Kathy se negaba a crecer, que permanecía atrapada en el cuerpo de una niña emputecida, violada y pandillera. La única certeza que podemos tener, por ahora, es que Janey también sufre de un cáncer que la matará antes de cumplir los quince. Revelo este detalle, la verdad, porque no es demasiado importante…porque Janey tampoco es importante y Kathy mucho menos, y su muerte, la de Janey, no debe distraernos más de lo necesario. Coincidimos, pues, que Janey no puede, no debe ser alter ego de Kathy. Lo único que comparten es un cáncer que las consume. Según declara en una de sus últimas entrevistas, realizada por RU Sirius, Kathy no escribe historias para recordarlas sino, al contrario, para que salgan de ella.

¿Dolor moral? ¡Faltaba más!, alguien que escriba estas cosas difícilmente conocerá este tipo de dolor. ¿Cómo, entonces, Janey se siente identificada nada menos que con Hester Prynne, heroína de La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, y campeona del dolor moral?, ¡qué contradicción!, pensará el lector que haya aguantado hasta acá, el punto sublime de la novela de Acker (como ella prefiere que le llamen, y no Kathy, perdón). Hester Prynne, recordemos, fue condenada por engendrar una hija fuera del matrimonio, cuya paternidad insiste en guardar en secreto. Janey, la putilla de trece años, lee esta novela para distraerse del cautiverio en que la mantiene un tratante de blancas. Nunca lo dice tal cual, pero salta a la vista que el inmenso dolor moral de Hester contribuye a paliar el dolor físico de Janey… y de Kathy. No puede (¿pueden?) evitar identificarse… ¿con Hester o con Pearl, la niña a quien ningún padre reclama? ¿Qué sería, después de todo, un equivalente a Hester Prynne en nuestros tiempos? ¿Qué nos indignaría en una mujer? (porque tiene que ser mujer), ¡bingo!: una putilla de trece años, para quien abortar se ha convertido en una rutina. La abortitis, como equivalente de la maternidad soltera en la puritana colonia inglesa del siglo XVII. Es a través de esta novela que Janet recibe su “educación sentimental”: “Hester Prynne, nos cuenta Hawthorne, había querido ser buena chica. Recuerdo que yo quería ser una buena chica para complacer a mi padre (…) De repente cierto insospechado extático enloquecedor abrumador brote de rebeldía, como una enorme víbora tendiendo su lazo, alzándose y extendiéndose y conquistándolo todo, así es el amor, loco-serpentina se alzó en Hester y Hester jodió. La preñez hizo que su salvajismo o su maldad (esa es la palabra religiosa para lo salvaje) fueran públicos.” (p. 91 y 92).

Las dos palabras más frecuentadas en Aborto en la escuela son amor y salvaje. Casi siempre asociadas. Siempre malditas. Janey proclama sin pudor su necesidad de ser amada y protegida, y a continuación aclara que, para ella, su insoportable franqueza la pone del lado de los salvajes, es decir, los marginales (las putillas de 13 años, las adúlteras, las escritoras). En rigor, Janey no es un modelo de feminismo, pero su discurso, que muchos tildan de posfeminista, es feminista. No, claro, ortodoxo –nada en Acker lo es-, pero feminismos hay muchos, unos más subversivos que otros y Kathy representa, a través de un cuerpo de niña violentado, la estéril persecución de la aceptación masculina que se extiende a manera de cáncer por el cuerpo de Janey, que se odia a muerte por reflejo de la respuesta del mundo. Janey es una niña que nunca fue virgen y que nunca fue niña. Su tono es el de una mujer adulta desde que, al arrancar la historia, contando diez años, descubre que su padre, que también es su amante, se ha enamorado de una mujer adulta. Todo parece indicar que la niña está habituada a cohabitar sexualmente con el padre, desde antes de que muriera la madre, y por supuesto, el padre juega a placer con la hija, que es suya, sin que se insinúe, por un instante, que se trata de una circunstancia anómala. En el mundo de Kathy Acker, es común que las niñas sean juguetes sexuales de sus padres.

¿Es el de Kathy un mundo desnudado de hipocresía? ¿Un mundo donde todo está permitido? Al contrario: es el mundo debajo de una máscara decorativa frecuentada por padres que joden con sus hijas y empleadas de panaderías hippies que quisieran escupir el rostro pálido de sus clientes. Para Kathy Acker, como para Janey, el mundo ofrece tantos misterios como el contenido de un excusado, ninguna sorpresa. Su único consuelo consiste en soñar. Ojo: he dicho soñar, no dormir. Janey refiere de continuo el salvaje arte de soñar, pero es mucho más reservada respecto a esos sueños que a sus abortos. Para ella, como sospecho que para Acker, también cuanto le rodea tiene su origen en la enfermedad. El amor y la cultura, por ejemplo. Se tiene que está muy enfermo para amar, para escribir. Escribir, de hecho, es el síntoma: “(…) Creo que la mayor parte de los escritores están chalados porque se pasan el día sentados en su habitación, garabateando estupideces que nadie quiere leer, y casi no joden (…)” (p. 79).

Y ahí está Janey, la más enferma de todos, escribe y escribe. Escribiendo como lee, como jode: compulsivamente. Nunca ha dicho, sin embargo, que el sexo le sea placentero. El sexo es el medio a través del cual Janey finge sentirse amada, aunque sea tratándose de su carcelero, el tratante de blancas, a quien escribe profusas cartas de amor y poemas. La lectura y la escritura le son entrañables a la enfermedad que roe sus huesos: “Pearl tiene cuatro años. Es de lo más salvaje. Salvaje en el sentido que tenía para la sociedad puritana de Nueva Inglaterra sobre la que Hawthorne escribía, significaba ser malvado, alguien que comete un crimen contra la sociedad. Salvaje. Salvaje. Salvaje. Ir a donde te da la gana y hacer lo que te da la gana y ni siquiera planteártelo así (…) Estos hombres que son los más importantes del mundo deciden que tienen el deber de arrancar a la hija de los brazos de su madre. Quieren quedarse con el hijo para enseñarle a que les mame la polla. Eso es lo que suele llamarse educación (…)” (p.p 119 y 121).

Janey aborta. Penelope Mowlard aborta. Judías (como Janey, como la propia Kathy antes de ser Acker), protestantes y católicas, abortan. Janey se las topa a menudo en la antesala de aquella habitación verde claro, y siempre que regresa se topa con neófitas que están como si fueran a pasar con el dentista. Cinco minutos, les dice Janey, diez años, consoladora, experimentada: es como si te jodieran: te acuestas y te abres de piernas. Y ya está. Incluso te pueden anestesiar por solo 50 dólares. El tono de Janey al relatar su experiencia abortiva resulta ambivalente. Casi frívola. También indignada, porque detesta al médico que mata de 32 a 48 bebés por día, embolsándose por ese solo hecho entre 1,600 y 2,400 dólares. Porque así es como Janey lo quiere percibir: una matanza de bebés.

Pareciera, no obstante, que la niña encuentra acogedor el sitio, “(…) Me sentía más segura ahí que en la calle. Deseé un aborto permanente.” (p. 43). No se trata de un asunto moral, mucho menos estético, por magníficas que sean las líneas logradas por Kathy. Acaso una denuncia, no social sino del dolor propio: “(…) Describir mis abortos me parece la única forma real de hablar del dolor y del miedo… mi incontenible impulso de amor sexual me ha hecho conocer todo esto.” (p. 44). Abortar, entonces, pareciera tener para Janey un significado múltiple: matar, matarse, matar al padre: matar la vida. Pudiera encontrarse en la escena una alegoría de la guerra –todas esas muchachas muertas… bebés asesinados…-, aunque resulta difícil pensar que alguien con la apabullante franqueza de Acker, quien baña de obscenidades al presidente Carter, recurra a un símil para expresar algo. Por ello prefiero quedarme con lo que la propia Janey expresa: hablar de sus abortos es una manera de hablar de su dolor. Un dolor íntimo que no le da la gana anestesiar por cincuenta dólares y olvida apenas abandonar la habitación verde.

Aborto en la escuela no obedece al formato tradicional de novela. Aclarar esto es inútil en vista de que nada en Kathy Acker lo es. Llamémosle, de todos modos, una novela compuesta con poemas, anotaciones, dibujos, diálogos teatrales y un par de fabulas conmovedoras. Todo girando en torno a la desesperada búsqueda de identidad de Janey, condenada de antemano a no encontrarse jamás. Es también un homenaje, como de hecho lo es la obra toda de Kathy, a sus autores amados, casi todos clásicos, con excepción de Jean Genet que aparece como personaje. Janey conoce a Genet en Egipto. ¿Cómo ha llegado hasta allá la niña prostituida y enferma de cáncer? Poco importa: ya ha vivido en Mérida y hasta en una suerte de basurero en Nueva York. A Janey se le encuentra en cualquier parte, quizá a Genet también. Janey se convierte en una especie de discípula del escritor francés, como, un poco también, Kathy. Como Genet, Kathy se regodea en la miseria humana. La ventila, nos la arroja a la cara y, lo mejor, no duda en participar de ella para decirnos qué se siente: “(…) El cáncer es la manifestación extrema de la situación del que está jodido. Soy un desastre total, a saber, a priori sesgada respecto al mundo/ la naturaleza de las cosas, por consiguiente: respecto a mí misma, segada con respecto a mí misma jamás viviré sin dolor (…)” (p. 163). Aunque se alude a la violencia y a la pornografía cuando se aborda la obra de Acker, agregaría que esto pasa a segundo plano cuando nos topamos con el dolor, con el escalofrío, con el desvalimiento hecho odio que caracteriza la prosa de esta autora. La violencia y la pornografía, en realidad, son la consecuencia y no el fin. La soledad, el dolor y el odio son generadores de violencia y pornografía y no a la inversa. No es otra cosa que la visión del mundo de Acker: un mundo que violenta el cuerpo, la sexualidad y los sentimientos de las mujeres. En este sentido, intuyo, Acker está más cerca de los clásicos que cualquiera de los autores de su generación. Está, como “sus clásicos”, más abierta al ámbito de los instintos y de la naturaleza de lo que pudiera estar cualquier autor de finales del siglo XX. No extrañe, por tanto, que consiga meterse tan plenamente en la salvaje carne de Baudelaire, en el extraordinario cuento “J” y hacerlo decir (con mayúsculas del original): “SOY CONSCIENTE DE QUE CUALQUIER, HOMBRE O MUJER, QUE AME LA BELLEZA (Y EL ARTE) SE EXPONE AL DESPRECIO DE LAS MASAS…” (Los nuevos góticos, Bradford Morrow y Patrick MxGrath, compiladores, Minotauro, Barcelona, 2002, traducción de A. Erenhaus).


Entre los datos “ortodoxos” de la biografía de Kathy, que los tiene, pudiéramos contar realizó dos años de postgrado en la Universidad de Nueva York y que, entre otros empleos, fungió como archivista, secretaria, stripper… y “artista porno”. Casada y divorciada. Divorciada y casada. Se dice que fue abiertamente bisexual. En 1980 se trasladó a vivir a Londres. A finales de los ochenta retornó a los Estados Unidos y se dedicó a dar clases en diversas universidades, algunas de ellas tan prestigiadas como la Universidad de California y la de Santa Bárbara. Según confesó en una entrevista, la razón de su pasión por las motos no fue la velocidad, sino que era la manera más efectiva de convertir en vibrador el pequeño anillo que llevaba incrustado en el clítoris.

El hecho de que la escritora se trasladaría a Tijuana para recluirse en una clínica alternativa para tratarse el cáncer de mama, originaría un alboroto entre sus admiradores –que tenía muchos, para su sorpresa- en aquella ciudad fronteriza. En todo momento la acompañarían numerosos amigos…
Se trasladaría a Tijuana, con la intención de someterse a un tratamiento contra el cáncer de mama en una clínica alternativa.

Moriría el 30 de noviembre de 1997, al parecer, de manera tranquila. A lo largo de su corta y dolorosa vida, acumuló una extraordinaria colección de tatuajes y piercings en todo el cuerpo.



Dos relatos cortos de Kathy Acker traducidos por Mayra Luna


1
The Birth of the poet[1]


Querida mamá,


Tus vísceras apestan. Odio tu pelo. Debes ser árabe porque tienes una nariz enorme. Los árabes no tienen inteligencia. No entiendes mi personalidad porque no tengo una personalidad: soy un taimado solapado artero inútil anónimo casi gusano y tú has estado buscando a un asesino real. Quieres que tu hijo sea alguien: que crezca y le saque las tripas a la gente por dinero o mande a la gente pobre a la cárcel por dinero o que le diga a toda la gente que escuche lo que es la realidad. Simplemente soy como todos.

Es una agonía estar oliendo tu carne cuando estás conmigo porque no me amas. Somos tan distintos, que deberíamos odiarnos uno al otro; aparte, eres tan ambiciosa de poder como todos los árabes. Somos tan diferentes mamá, aunque tengamos sexo; el universo debió haber estado enfermo cuando nos hizo. El universo debió haber estado totalmente enfermo. Los dos, la misma sangre.

Tendremos que matarnos uno al otro porque no hay otra salida a esta relación.
Me estoy partiendo la cabeza contra la pared de mi sala. Cualquier dolor ayuda a suavizar las agujas de hielo seco que rodean y apuñalan mi ojo derecho hinchando la suave carnosidad alrededor de mi apéndice apretando mis músculos sexuales en pequeños alfileres de acero que tu presencia me causa.

Creo que eres una buena persona y no le dispararía a nadie más. Solamente te disparé a ti porque todo el mundo te odia. Hago lo que otras personas desean que haga. Es esta la agonía. Ya no puedo ser real. No puedo ser –mucho menos quien– ni siquiera lo que yo deseo. Estoy totalmente desprovisto de poder. ¿Qué sabes de la agonía? Tuve que dispararte. Todo mundo sabe todo acerca de la agonía total y el mundo entero está retorciéndose.
¿Debemos de tener sexo, mamá, aunque estés muerta?


Tu hijo,

Ali Warnock Hinkley, Jr.



2
Literal Madness
[2]


Tal vez estás muriendo y ya nada te importa.

En la nada, el gris, las islas casi desaparecen entre el agua. Óvalos negros con forma de hojas esconden el desmoronamiento del universo. Las islas de Key West desapareciendo en el océano. Ya no tienes nada qué decir. No sabes qué hacer. Toda tu vida ha sido un desastre. Sujetándote a cualquier amorío que llegaba y quedándote con él por la tierna vida hasta que se volvía tan agrio que tenías que vomitar e irte. Entonces te recuperabas, como te recuperas de una cruda, cogiendo el siguiente trozo de culo que pasara por ahí y que no fuera tan indefenso o demandante que te forzara a percibir la realidad.

Un coño como cualquier otro coño. Un ideal como cualquier otro ideal. Cuando un sueño se va, otro toma su lugar. Estas harto de estar entre esta mierda, así que te vas. En el fin del mundo. Casi nadie viviendo en esta perpetua grisura de Florida. Puede no ser el paraíso, pero no apesta a la mierda de tus sueños. No existe mucho para ponerte a soñar en esta grisura.
Hay en la isla un hotel viejo y dilapidado. Maneja el hotel un viejo gruñón que ronca en vez de hablar. Hasta donde sabes, el gruñón no te molestará, nadie más está hospedando en el hotel, y el cuarto y la comida son baratos.
Decides quedarte por una noche.

No hay más que decir. Eres un trozo de carne entre otros trozos de carne. Es como cuando estabas en el hospital. El doctor no podía meter la aguja en tu vena para sacar sangre. Cada vez que metía la aguja en tu brazo, la vena desaparecía. Te sentías como un trozo de carne y no te importaba. Viste al doctor ver gente viviendo y muriendo y gritando y al doctor no le importaba si tú estabas muriendo o gritando. Así que a ti no te importó si estabas muriendo o gritando. Ya no tienes idea de lo que importa. Cada día miras al océano y ves un pequeño barco desaparecer entre la grisura. Un pequeño barco oscuro descendiendo entre las aguas turbulentas.


[1] Acker, Kathy, “The Birth of the Poet”, Hannibal Lecter, My Father, E.U., Semiotext, 1991, p.p.96
[2] Acker, Kathy, “Florida”, Literal Madness, Grove Press, New York, 1989, p.p.397-398.


Leer las primeras páginas de El imperio de los sinsentidos aquí.

Fuente: https://es.scribd.com/doc/85092920/Kathy-Acker

domingo, 21 de enero de 2018

Ernesto Cardenal cumplió 93 años y leyó tres de sus poemas más famosos: Al perderte yo a ti, Salmo 1 y Oración por Marilyn Monroe



“Es una desgracia haber estado viviendo tanto tiempo, pero no hay otra alternativa, y simplemente me resigno. En uno de mis poemas yo digo ‘tiempo yo te odio’, en realidad odio al tiempo”, fueron las breves e impactantes palabras del poeta Ernesto Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012, al referirse al 93 aniversario de su nacimiento.

Estas palabras cargadas de drama existencial, el peso de sus años y de su sentimiento de verse atrapado por el tiempo, las dio después de la transmisión en vivo en su página de Facebook Live en la que leyó tres de sus celebrados poemas: Al perderte yo a ti, Salmo 1 y Oración por Marilyn Monroe.

El poeta y sacerdote fue entrevistado por el periodista Miztle Mejía en la oficina del poeta, y durante la transmisión recibió felicitaciones de escritores y amigos en Nicaragua, México, Estados Unidos, Costa Rica y de otros países.
 Previo a la lectura del epigrama Al perderte yo a ti, recordó este escrito como uno de sus versos de juventud que habla del rechazo de una joven. “Es una ironía que sea tan gustado”, dijo entre sonrisas.

Sobre el poema Salmo I, dijo lo escribió cuando era novicio en el monasterio trapense en Estados Unidos y que medita sobre la realidad.

Respecto a los versos a Marilyn Monroe, manifestó que fueron escritos tras escuchar la noticia de la muerte de la estrella en Hollywood, y “es una oración a Dios pidiendo perdón por ella”.

El nuevo poema-libro de Ernesto Cardenal 

Al final Mejía dio a conocer el nuevo poema-libro Así en la tierra como en el cielo, el cual será presentado próximamente en el XVI Festival Internacional de Poesía de Granada.

Cardenal estuvo acompañado por su asistente Luz Marina Acosta y Salvadora Navas, editora del libro.

Con el libro Así en la tierra como en el cielo, Anamá Ediciones celebra el cumpleaños del poeta, destacó Navas.

Este texto fue consultado y aprobado por el poeta, trae ilustraciones alusivas al poema, y una foto de su paso por la Universidad de Salamanca, España, en 2013.

Al respecto el poeta explicó que este último poema que acaba de escribir, “es más cósmico, un poema científico inspirado por la ciencia con esa actualidad”.

“Tendremos poeta para rato” 

Previo a la transmisión de Facebook Live el poeta Ernesto Cardenal se encontraba leyendo sus textos de cabecera, La mística de Jesús de Gabino Uríbarri Bilbao; el Universo, Comentarios dominicales a la palabra de Dios, y la reciente revista The New Yorker.

“No crean que su poema-libro, Así en la tierra como en el cielo, es su poema de despedida”, comentó Luz Marina Acosta, ya que el poeta continúa comprando nuevos libros y revistas de temas religiosos y científicos.

En días recientes Acosta le preguntó por qué continuaba comprando nuevos textos, y le contestó que “era para un nuevo material que está escribiendo”, reveló.

El padre del poeta Rodolfo Cardenal falleció a los 99 años y su madre Esmeralda a los 98, por lo que Acosta supone que “tendremos poeta para rato”.

Fuente: https://www.laprensa.com.ni/2018/01/19/cultura/2363425-en-realidad-odio-al-tiempo-dice-el-poeta-ernesto-cardenal-en-su-cumpleanos-93

"Asfalto" del español Felipe Fernández Sánchez



Asfalto
I

El cemento seco deja grietas abriéndose,
cicatrices en paredes humanas.
Irreconocible rostro, resta  lo subhumano,
pelos y colmillos, retazos de la bestia.

Del mundo de las formas
buscas tan solo el recipiente donde evacuar el pene
con torpes movimientos reproductivos.
Sus pechos entre las manos,
amasando harina que la saliva empapa,
y morder, morder ese músculo
que va del cuello al hombro
hasta dañarte.
  

Asfalto

II

Plumas ralas
cubren el panículo de un maldito pajarraco
mal nutrido, que otea el mundo.
Vigila y el deseo enerva su pellejo lastimoso y lúbrico.
Y gira y gira, rueda en el cielo dispuesto.

Sí un día se atreviera.
Raptarla al vuelo, atarla en mi nido
donde se satisfacen las viejas rutinas.

¡Tened cuidado! No os acerquéis a mí.

  

Asfalto
III


Macronosequé.
Grandes números.
Superdevaluación.
Hiperinflación.
Sangre menstrual.
Oficiaremos misas “Urbi et Orbe”,
bendeciré las menstruaciones
de todas las putas de mi barrio,
de mi madre,
de la tuya.
  

Asfalto
IV

Quieres poesía,
yo quiero patearte los huevos,
arrancarte las orejas de un tirón,
escupir directamente en tu garganta y rasgar tus carnes.
Y no, de una forma literal,
correrme en tu coño.


Asfalto

V

Quebrados  mis instintos tras generaciones de civilizadas prescripciones,
imperan sobre todo, las manos crispadas atenazando mis pertenencias
para que nadie las enajene.

Matar por el gusto de sentir la espesa sangre deslizarse entre los dedos.
Los dioses que me “justifican” reciben los sacrificios con displicente complacencia.


V bis


Quebrados  mis instintos tras generaciones
de civilizadas prescripciones,
imperan sobre todo,
las manos crispadas sobre mis pertenencias
para que nadie las enajene.

Matar por el gusto de sentir la espesa sangre deslizarse entre los dedos.

Y los dioses me “aceptan” los sacrificios con displicente complacencia.




Felipe Fernández Sánchez

            Vine al mundo en Madrid mediado el siglo veinte, por azares del destino terminé trabajando en el mundo bibliotecario. Sin motivo aparente, soy de los que disfrutan leyendo: al poco tiempo, con una chispa de ingenio a lo que soy proclive, me percaté de que eso era lo mío, aún me acuerdo cuando descubrí Bartleby el escribiente de Hermann Melville cuando lo colocaba en su lugar.
Pasado el tiempo me dio por escribir, fruto de ello es el blog “Inverosímil_felipe” http://inverosimilfelipe.blogspot.com.es/  en el que consigo comentarios amables de familiares y amigos. Item más, se me ocurrió lanzarme a Internet y han tenido a bien publicarme pequeños relatos en Sci-Fdi, Prosofagia, Planetas Prohibidos, Ariadna rc, Letralia, Palabras Diversas, Axxon.
Además, han salido poemas en las revistas Ariadna rc, Almiar margencero, Destiempos, Palabras Diversas, Letralia, Viceversa Magazine, Alhucema y Nagari.
Colaboraciones en libros electrónicos:Una colaboración en Doble en las Rocas en conmemoración de los 19 años de Letralia Tierra de letras. (Sigüenza). El relato “El bibliotecario” para los veinte años de Letralia Tierra de letras. 

En twitter: @mediaorella

viernes, 19 de enero de 2018

Sousândrade: Un vanguardista avant la lettre, por Agustín Calvo Galán

No es muy común avanzarse a su época y ser consciente de ello. Sin embardo, algunos artistas y escritores a lo largo de la historia han sufrido esa, digámoslo así, desdicha de ser un incomprendido en su tiempo, un rebelde, un no clasificado, un innovador: una promesa a futuro, pero un maldito al fin y al cabo. Algunos como el portugués Almada Negreiros tuvieron la suerte de escucharle decir a Federico García Lorca: “Te doy treinta años para que te entiendan”, en relación a las obras de teatro vanguardistas que estaba escribiendo en Madrid entre 1927 y 1932. Algo parecido le pasó al brasileño Joaquim de Sousa Andrade (1833 – 1902), más conocido como Sousândrade, pues sentía que necesitaría cincuenta años para ser leído. En realidad necesitó el doble, casi cien, pues su modernidad avant la lettre, es decir, anterior a las vanguardias literarias de principio de siglo XX no propició su redescubrimiento hasta la renovación literaria que suposo en Brasil el movimiento artístico y literario llamado Concretismo durante los años 50.

Y lo podemos reivindicar ahora, gracias a la osada editorial madrileña Libros de la Resistencia, que lo trae a la actualidad y para el público hispano con la reciente edición del libro Sousândrade / El infierno de Wall Street, donde se recogen diferentes textos críticos sobre el poeta brasileño, así como la traducción de un poema fundamental en su obra. Y es que Sousândrade ha sido y es casi un desconocido en España, así como en el resto de países de habla hispana (como ejemplo, cabe observar que no tiene entrada en español en la Wikipedia); aunque no tanto, pues el libro recupera precisamente un artículo de Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate, publicado en 1965 en la Revista de Cultura Brasileña de Madrid, en el que se traía al autor brasileño al reconocimiento de la intelectualidad hispana. Aquel primer conocimiento español tenía un referente cercano en el redescubrimiento en Brasil, (pues había sido sistemáticamente olvidado por los estudios críticos y por la historia de la literatura brasileña), por parte de los hermanos Augusto y Haroldo de Campos, que buscaban sus propios referentes para enraizar el renovador Concretismo dentro de la tradición literaria de su país, lo que supuso su recuperación para el lector brasileño. Además, el Concretismo llegó a ser no solo una revolución (que quería subvertir las normas literarias e incluir el grafismo en el poema) en las letras brasileñas, sino que también influyó en la modernización de la poesía en otros países, como en España, donde fue presentado por el poeta João Cabral de Melo Neto, que había sido cónsul de Brasil en Barcelona durante los años 50, y donde se había relacionado estrechamente con Joan Brossa y el resto de componentes del grupo “Dau al Set”.

Joaquim de Sousa Andrade había nacido en un Brasil ya independiente, pero donde regía un emperador, descendiente de la portuguesa casa de Bragança. Durante su juventud se traladó a estudiar a Europa y se graduó en Ingeniería de Minas en París. Tomó partido, en la convulsa Europa de mediados del siglo XIX, por las ideas liberales y republicanas. Entre los años 1870 y 1876 estuvo viviendo en Nueva York, hasta que la proclamación de la República en Brasil le impulsó a volver a su país, momento en el que fue nombrado para diferentes cargos oficiales, pero donde acabaría muriendo en la ruina, lo que propició la dispersión y hasta la pérdida de parta de su obra.

De su periodo de Nueva York es precisamente la redacción del poema El infierno de Wall Street, incluido en este libro con traducción del poeta peruano Reynaldo Jiménez; obra que forma parte de un proyecto mayor, llamado El Guesa Errante, un largo poema panamericanista, a la altura de el Canto General de Neruda o, por qué no, de Hojas de hierba de Whitman, en el que un personaje indígena, El Guesa, una víctima propiciatoria, un joven destinado al sacrificio ritual, escapa antes de ser inmolado y recorre el continente americano. Más allá de la temática y del argumento de El Guesa Errante, el Canto X, titulado El infierno de Wall Street, del que aquí se publica, por primera vez, su traducción al español, sorprende por su modernidad: precisa de una lectura sin prejuicios para apreciar tanto el juego de recursos fonéticos y gramaticales, como la acumulación cultural que aúna el indigenismo americanista con las tradición literaria occidental, y que desafía tanto el gusto estético y como las normas literarias establecidas en su época.

Sin duda, nos encontramos ante una oportunidad única para descubrir no solo un autor único y conmovedor, sino para entender que la modernidad no es patrimonio estanco de una época o un grupo intelectual sino una actitud atemporal de renovación e insubordinación individual.

Fuente: http://revistadeletras.net/un-vanguardista-avant-la-lettre/